La llegada a la ciudad; la carrera del Darro con el embrujo de la luz de la tarde, el agua tímida como un hilillo brillando desde el fondo del cauce, poniendo su nota de plata y frescura; la Torre de la Vela, almagra y soberbia, sabedora de su hermosura; la placita del café, ¡el café, que siempre trae en volandas presencias y memorias! ; las fachadas vetustas, en una sucesión de imágenes románticas y evocadoras; hasta una campana “culán, culán” sonaba de vez en cuando y hacía latente el convento cercano con su letrero de “se venden dulces”…
El hotelito tenía un portón como el de nuestra casa de la calle de la Cruz, que daba acceso a un patio-claustro con los destellos cenitales del crepúsculo, columnas de mármol, un piano de cola en un rincón, nombres de habitaciones que eran títulos de poemas de Juan R. Jiménez y una gran fotografía de Falla con una acompañante con nombre del este que le daban al piano una identidad incierta. Ese ambiente, entre literario de provincias y pretensiones de altos vuelos, que me encanta, acrecentado por el arte maravilloso de la observación desde el anonimato y la emoción palpitante de que era uno de los nuestros quien tenía que empezar el acto e irradiar la esperanza en la nueva editorial, conjugaba en mí una excitación maravillosa en la que solo me faltaban tus ojos cómplices y tu presencia arrolladora, Raquel.
Disfrutamos mucho, mucho. Fueron momentos plenos y nos encantó conocer a Juan Vellido, sencillo y campechano, a quien se le siente próximo y con “los hilos de las conexiones” alertas.
¡Inolvidable!
Granada, 7 de julio de 2009
Fuensanta Bravo Sánchez