La medida de las cosas

Entre los múltiples astros que me miran esta noche , fresca y límpida, del ya caduco verano cruza veloz, dos luces amarillas fijas y una roja parpadeante, un avión. Unos treinta y cinco segundos después se escucha el ruido de sus motores: vuela a unos doce mil metros.

Camino de París, este verano, alcanzamos algo más de once mil de altura. Más o menos, ir y venir de mi pueblo a Ronda en línea vertical o, dicho de otro modo, dos horas caminando.

Si se hubiera caído, habríamos llegado antes al suelo. Eso sí, no nos habríamos dado cuenta y, seguro, tampoco lo contaríamos.

Sólo es cuestión de medidas o de cómo se vean las cosas.

Estoy contento de poder escribir esto.