Mi maestro
¡Cuán a menudo recuerdo su imagen!
Para mí, niño, era usted un ser sapientísimo. ¿Qué no sabía usted? Desde mi pupitre podía ver cómo le tomaba la lección a quienes estudiaban bachillerato. Y le oía y los escuchaba. Y algo se quedaba en la mente infantil de uno y de otros.
Luego, tres años más tarde, inquiría usted mis conocimientos en ese primer peldaño de lo que, entonces, sólo era una ilusión materna: tener algo de estudios para ser alguien en la vida.
Y escribía usted con una Parker, un sueño que, algún tiempo después, adquiriría en ese afán imitador del discípulo emulador de su maestro.
Y su porte era señorial aunque trabajase desde la mañana hasta bien entrada la noche y, en los ratos libres, fuese representante de galletas y cazador cuando se abría la veda, lo único que jamás compartiría con usted.
Y…
Y un día nos despedimos, en tristes circunstancias para mí, y quedamos en tomar una cerveza en nuestro pueblo en otra ocasión.
Y, en el devenir de los días, me contaron que usted…