Entre los naranjos diviso la silueta de José enfundado en el mono verde de trabajo que trajera cuando se jubiló en el aeropuerto.
José está podando los caquis. No tiene ni el oficio, ni la clase, ni la minuciosidad, ni la sabiduría, ni el arte de su primo Juan Bravo Marín. Pero no lo hace mal, el árbol se le queda bien formado; no lo quemará el sol y, llegada la primavera, brotará en tiernas yemas.
Maya ladra tendida bajo un mandarino; otro tanto hace Kera cercana a mí con su omnipresente pelota para jugar; algo más allá, Geo se une a las dos con desgana.
Tras un trecho de sol hacia occidente me acerco hasta el sendajo.
- José, ¿cómo estás?
Viene hasta mí con una ola de agua en sus ojos. Y recuerdo aquellos ratos en que, sin que te viera nadie, las lágrimas fluían cara abajo ante la impotencia.
- Muy preocupado, me contesta con voz baja, entrecortada. Hoy parece que está un poquito mejor…, vamos a ver…, pero…
- Ánimo, hay mucha gente que ha salido. Ella es fuerte… y… joven… y… todo tiene que ir bien.
¡Qué dura es esa verdad que se anuda en la garganta de mi experiencia!
- Ya veremos. Estoy muy preocupado.
Y viene a mi memoria que le digo cuanto me hablaba a mí mismo y le alentaba a mi madre, primero, cuando mi padre y lo que le pretendía hacer creer a mi hermana poco antes de que se nos fuera.
Lo miro. Está algo más viejo, más caído. Y mientras, a duras penas, le intento infundir esperanzas, él se aleja, camino de la tarea, musitando un “gracias”, cubiertas sus mejillas de agua.
Siento el golpe del calabozo en la madera y probablemente la yema que deja en el tronco nacerá tras el invierno.
Y, en su mente, en el árbol de su vida ve que una de las ramas está enferma. Y su “corazón espera también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera”.
1 de diciembre de 2009