Por el camino disfrutamos de los últimos dorados rayos de sol.
Cae la tarde. A un tiro de piedra, apoyados en sendos cayados, padre e hijo, guardan las cabras. Éste junto al Camino del Bujeo; aquél, al otro lado de la piara. De pronto, algunas deciden cruzar la carretera en busca de nuevos pastos en la haza cercana. Paco, sin inmutarse, sin descomponer la figura, apoyado en la madera con ambas manos y descargando el peso corporal sobre ella, emite un doble sonido laterogutural admonitivo: “lchg, lchg”. No hay más. Las fugitivas se dan la vuelta con toda celeridad y vuelven al rebaño.
Al pasar junto a ellos,
- “Buenas tardes”.
- “Buenas tardes, Buenas tardes. ¿Vamos a dar un paseíllo? Hace un vientecito fresquito”.
Es verdad. Corre el norte y se siente en las carnes.
- “Andando se quita, hasta luego”.
- “Con Dios”.
Comentamos que Antonio no seguirá los pasos de su padre, aunque ahora le ayude. Puede y debe correr más altos vuelos. Es ley de vida. También los nuestros vivieron una cultura de subsistencia y metían las cabras por el ojo de una aguja, pero lograron que nosotros tuviéramos otras miras.