Uno pretende captar, dominar el tiempo; lo programa cual si fuera su propietario; decide qué hacer ahora, luego, después y más allá.
Ingenuo. En un pispás la planificación se desmorona, se viene abajo y cae. Entonces el yo calculador, poseedor de los días, se siente impotente ante los elementos y ha de resignarse.
Y en esa soledad, aceptada a regañadientes, repasa momentos, piensa en el pasado y en el presente, y mira al futuro y sueña algunos deseos.
Una simple operación, que iba a durar a lo sumo dos semanas, se convierte en un calvario de dolor, de miedo al qué será esta complicación, de abatimiento, de oscuridad a veces, de optimismo otras muchas, de lentas e interminables horas, de pausada y esperanzada alegría al fin, aunque lejana.
La familia te mima; los amigos, siempre escasos mas incondicionales, te arropan; los allegados y compromisos te llaman con un “ me he enterado de que…”.
¿Falta alguien? ¡Claro que sí! Tus alumnos, ¿dónde están?, ¿qué piensan?, ¿se preocupan por la falta de clases o se alegran de la ausencia de ellas?, ¿dejaste algo en ellos?, ¿qué les enseñaste?, ¿serán, gracias en parte a ti, hombres y mujeres de provecho el día de mañana?, ¿con qué ilusión afrontan la enseñanza posobligatoria?, ¿abandonarán para siempre los estudios?
Estas ocupaciones me tenían cuando, hace unos días, Isabel María, Antonio, Rocío y Esperanza, cuatro luchadores natos, trabajadores empedernidos y tenaces, me alegraron la tarde del sábado.
Gracias. Hay vivencias que no se olvidan.