Dejo el mostrador tras un “Siéntese que ahora le llamamos”.
Allí, desde el sillón, veo cómo un hombre empuja a otro en una silla de ruedas hacia la zona de admisión. No son familia. Es obvio. Desaparece, se presenta de nuevo con una maleta, cobra doce euros y se despide con un “Gracias. Que se mejore”.
El recién llegado busca en la bolsa de atrás de su incómodo asiento, saca una carpeta, extrae unos papeles y se los da a la secretaria.
- “D. Juan, póngase ahí a un lado. Ahora le llamamos”.
Con gran esfuerzo D. Juan vuelve a colocar la carpeta en el respaldo y ahora, con destreza, como quien está muy acostumbrado, gira la silla, coge la rueda metálica con la mano izquierda, ase con la derecha la maleta y lentamente se separa unos cuantos metros hasta llegar junto a una mesa baja.
Son las tres y media de la tarde. El trasiego de médicos, enfermeros, visitantes, enfermos dados de alta y pacientes en espera de que se les llame aumenta en la sala de recepción, demasiado fría.
Es la hora de la medicación y D. Juan, con la naturalidad de lo que es cotidiano y habitual, coloca dos grageas en la palma de la mano y se las echa a la boca. No tiene agua y cuesta trabajo bajarlas.
- “Pedro Gómez”
El celador me llama y nos vamos con una última mirada a ese hombre inválido y solitario que, al menos de momento, no comparte su enfermedad con nadie.
¡Qué afortunado es uno!