Encuentro
El levante, en su eterno encaje de bolillos de incansables idas y venidas, fue testigo de nuestro primer apretón de manos: pleno, el mío; dulce, el tuyo. La mirada, profunda. Luego, otros saludos, conversación varia, comentarios, merienda,…
Caía el sol por la Sierra de Ojén.
De nuevo las manos unidas, más tiempo.
De nuevo la mirada, fija y honda.
No hubo adiós.
Vivimos hoy ya treinta y nueve años.